No habrá uno, ya deis ciento
(A un maestro de ciencia condenado por su mala fe y ajado por sus malas obras)
Versad, caduco esperpento:
no habrá uno, ya deis ciento.
Pues me llegáis tan pelado
de lengua y de coronilla,
aplaudid que la cartilla
bien os la haya recitado:
docto en chueca, avinagrado
y culo de mal asiento.
No habrá uno, ya deis ciento.
Cartujo, pues maldiciente,
y aun regoldando blasfemias
(que no doctrina bohemia)
vomita el ser penitente.
Décima de hombre impotente
e invertido cuenta-cuentos,
no habrá uno, ya deis ciento.
Que nombre, no a vuestro oficio,
a hija otorgáis condenada,
si como vos, malhablada,
o cigarra en desperdicios:
que el hablar callando es vicio
y es el decir con talento,
no habrá uno, ya deis ciento.
Cabeza el monigote
(A un títere de prominente cabeza al que se tuvo por hombre)
Gasta de cachalote
cabeza el monigote.
Este peonza rodante
si camina despendola;
este flor todo corola
no encuentra donde se plante;
este yelmo harto gigante
a ser empieza en cogote,
cabeza el monigote.
Jaez no hizo del acato,
y aunque manifiesto, ofende
quien alhaja envidia, y vende
en almoneda barato.
Besa, pues pérfido nato,
al amor cual Iscariote,
cabeza el monigote.
Tiparrajo ayer tiñoso,
garrafal, patente facha,
que su greña, aunque mil gachas,
de rulé siempre fue poso,
y tintúrala roñoso
deponiéndose a pegotes,
cabeza el monigote.
Tan rimbombante follón
(de toda mesura falto)
deja propia testa en alto
sin ser sabio ni varón;
sola ella exageración
más que narices de Argote,
cabeza el monigote.
Si sota vientre y baraja:
nunca oros, por carestía,
y espada su cobardía
en mano vuelva navaja,
amén cósale mortaja
sola copa, no garrotes,
cabeza el monigote.
Amor que sólo amor ser quisiera
(Soneto para una despedida triste y sin palabras)
Amor que sólo amor ser quisiera,
si reseca vena o cristal quebrado
inerte jamás, menos olvidado:
donde llama ardió siempre quedó cera.
¿Qué otros senderos o mejores veras
calzarán estos pasos fatigados
en que perennes tus luces reinado
han sin conocer su pompa frontera?
Que no caduca el tiempo los sentidos;
sí todas faltas, amén los pesares,
y recordar en muerte lo vivido.
No consentirán ojos tantos mares,
ni alma el sufrimiento con que me mido,
ni palacios derrumbar los pilares.
Cisne soy, que en tus ondas de Leteo
(Exagera el amor que considera muerte)
Cisne soy, que en tus ondas de Leteo
discurre hacia postrera laguna,
si tártaras orillas desde cuna
no ambulé en ostracismo cananeo.
Consiente, pues, facultad a mi empleo,
ya que no a la demanda la Fortuna:
plañir menguando en severa tribuna
el creciente y afanado himeneo.
Savia mentida exprimió de amaranto
el buen muchacho en hidrópicos ojos,
y sin saberlo, desperté al espanto.
Mas el sueño de la razón abrojos
duplicó, y el amor me ordenó amianto
por callar fuegos y morir despojos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.