Poemas de Diego Martín Arroyo

1 Septiembre 2009 por Grupo Periculum

No habrá uno, ya deis ciento

(A un maestro de ciencia condenado por su mala fe y ajado por sus malas obras)


Versad, caduco esperpento:

no habrá uno, ya deis ciento.


Pues me llegáis tan pelado

de lengua y de coronilla,

aplaudid que la cartilla

bien os la haya recitado:

docto en chueca, avinagrado

y culo de mal asiento.

No habrá uno, ya deis ciento.


Cartujo, pues maldiciente,

y aun regoldando blasfemias

(que no doctrina bohemia)

vomita el ser penitente.

Décima de hombre impotente

e invertido cuenta-cuentos,

no habrá uno, ya deis ciento.


Que nombre, no a vuestro oficio,

a hija otorgáis condenada,

si como vos, malhablada,

o cigarra en desperdicios:

que el hablar callando es vicio

y es el decir con talento,

no habrá uno, ya deis ciento.


Cabeza el monigote

(A un títere de prominente cabeza al que se tuvo por hombre)


Gasta de cachalote

cabeza el monigote.


Este peonza rodante

si camina despendola;

este flor todo corola

no encuentra donde se plante;

este yelmo harto gigante

a ser empieza en cogote,

cabeza el monigote.


Jaez no hizo del acato,

y aunque manifiesto, ofende

quien alhaja envidia, y vende

en almoneda barato.

Besa, pues pérfido nato,

al amor cual Iscariote,

cabeza el monigote.


Tiparrajo ayer tiñoso,

garrafal, patente facha,

que su greña, aunque mil gachas,

de rulé siempre fue poso,

y tintúrala roñoso

deponiéndose a pegotes,

cabeza el monigote.


Tan rimbombante follón

(de toda mesura falto)

deja propia testa en alto

sin ser sabio ni varón;

sola ella exageración

más que narices de Argote,

cabeza el monigote.


Si sota vientre y baraja:

nunca oros, por carestía,

y espada su cobardía

en mano vuelva navaja,

amén cósale mortaja

sola copa, no garrotes,

cabeza el monigote.


Amor que sólo amor ser quisiera

(Soneto para una despedida triste y sin palabras)


Amor que sólo amor ser quisiera,

si reseca vena o cristal quebrado

inerte jamás, menos olvidado:

donde llama ardió siempre quedó cera.


¿Qué otros senderos o mejores veras

calzarán estos pasos fatigados

en que perennes tus luces reinado

han sin conocer su pompa frontera?


Que no caduca el tiempo los sentidos;

sí todas faltas, amén los pesares,

y recordar en muerte lo vivido.


No consentirán ojos tantos mares,

ni alma el sufrimiento con que me mido,

ni palacios derrumbar los pilares.


Cisne soy, que en tus ondas de Leteo

(Exagera el amor que considera muerte)


Cisne soy, que en tus ondas de Leteo

discurre hacia postrera laguna,

si tártaras orillas desde cuna

no ambulé en ostracismo cananeo.


Consiente, pues, facultad a mi empleo,

ya que no a la demanda la Fortuna:

plañir menguando en severa tribuna

el creciente y afanado himeneo.


Savia mentida exprimió de amaranto

el buen muchacho en hidrópicos ojos,

y sin saberlo, desperté al espanto.


Mas el sueño de la razón abrojos

duplicó, y el amor me ordenó amianto

por callar fuegos y morir despojos.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

“Más”, un relato de Javier González

12 Agosto 2009 por Grupo Periculum

Todo estaba preparado. Tenía dentro la rabia, el lugar al que llevarla; cómo aprovecharla. Sólo tenía que hacer lo que ellos me dijeron. Todo sería perfecto. Los detalles se daban por supuestos, pero fue uno de esos insignificantes detalles lo que me metió en este hermoso lío.

Lo había hecho todo perfecto hasta que llegué a mi destino. Se suponía que mi mesa era la que se encontraba junto a la ventana, pero estaba ocupada. Parecía increíble. Esa ventana ocupaba toda la pared, pero así era; estaba ocupada. Estaba ocupada por un viejo matrimonio, jubilado hacía muchos años. Entonces hice lo que suponía, era lo correcto. Me senté en la mesa que se encontraba justo detrás de ellos, pedí mi cerveza y ahí me quedé observándoles. Estaban haciendo lo que se suponía que debía hacer yo. Mi conmoción fue tan grande que les observé durante largo tiempo. Siguiendo el ejemplo de Funes, que no sé si debí seguir, llegué a conocerles por completo. Todo lo que podía saberse de ellos, sin ser ellos, lo supe. Y en ese tiempo lo único que hicieron fue mirar. Mirar por la ventana, el local, a ellos mismos. Conseguí llegar a comprenderles, a sentir lo mismo que ellos sentían y me alegré. Me alegré mucho de no ser ellos, de no mirar a la ventana, por la ventana.

Este largo trabajo me sirvió para llegar a la convicción de que no era más que una metáfora. Como nunca he sido muy bueno con estas figuras, procuraré facilitar vuestro trabajo, pero habréis de esperar como yo esperé. No es por rencor; la causa de este retraso fue una mirada que eché a mi derecha. Allí había un tipo haciendo lo mismo que había estado haciendo yo. Así que decidí repetir, al verme alentado por un igual, y allí me quede observándolo. Mientras lo hacía, sentí marcharse al viejo matrimonio, pero no me decidí a ocupar su lugar. No os preocupéis, no tardó mucho en llegar una joven pareja de novios para sustituirlos. Y éstos continuaron con la larga tarea del viejo matrimonio y se dispusieron a mirar por la ventana. Fue desconcertante. Había más de sesenta años de diferencia entre las dos parejas, pero la única diferencia relevante. Por lo demás era totalmente la misma.

Así me sobrevino el recuerdo de un sabio que afirmaba precisamente esto. Todo aquello que hagas, digas o pienses ya ha sido hecho, dicho o pensado por otro hombre como tú. No pude evitar recordar a personajes como Copérnico o Kant. Si todo lo que un hombre haga, ya ha sido hecho y ellos hicieron algo diferente (lo que llamaron una revolución intelectual), entonces no eran solamente hombres o al menos no eran totalmente iguales a los demás. Creo que descubrí lo que debía hacer. Rápidamente pagué y abandoné el local. Ya en la calle, fui observando cómo la multitud era una avalancha de individuos con alguno de estos tres fines: hacer alguna de sus compras, volver al trabajo, buscar una mesa frente a una ventana. Cada vez me encontraba más confuso. No era capaz de encontrar a mi alrededor nada de lo que alguna vez había leído, visto o escuchado con amarga satisfacción. Si te preguntas por qué buscaba alguna de estas cosas, te responderé con otra pregunta: si metes primero la cabeza en un jersey y después los brazos, o bien al revés, por simple costumbre, ¿cómo adquiriste esa costumbre? Imagino que al igual que yo no estás muy seguro y preferirías callar que cometer un error. Por tanto, créeme que caminé durante algún tiempo y sólo encontré cientos de ventanas. Miles, llenas de personas que miraban por ellas; jóvenes viejos, solos, en grupos. Intenté cruzarme con su mirada, pero no capté ninguna. ¡Otra sorpresa más!

Me decidí a encontrar al menos una de ellas y así forjé un plan. Únicamente debía hacer lo que ellos hicieran, imitar no sólo sus acciones, sino también todo aquello que no hicieran. Esto fue lo realmente duro. No podía comprender como en una conversación podían admitir ciertos comentarios como lo más lógico y natural. Gritaba en mi interior mientras asentía, dándole la razón al grandilocuente orador. Sufrí esto durante largo tiempo, pero no conseguí cruzar una sola mirada. Mil planes más tracé y mil veces fallaron. Puse toda mi vida en ello, y a fe, que no fue suficiente. Tal como esperaba, no tardó mi vida en decaer y pocos meses después de comenzar mi quijotesca aventura sentí mi vida desvanecerse y no pude resistir la tentación de pensar si no sería yo el culpable de todo. Me levanté y busqué un espejo en el que enfrentarme a mi propia mirada, y allí sufrí mi penúltima sorpresa hasta la fecha. Mis párpados estaban cosidos y las cicatrices parecían ser, incluso más viejas que yo. No tardé en sentir que la vida volvía a mi ser y con ella, desaparecieron esas costuras. Poco tardé ya en llegar al punto en el que me encuentro ahora. En el centro de una gran plaza, observando desde fuera, los ventanales abarrotados por mis iguales, intentando mirar con sus ojos encorsetados.

Es curioso que ahora que no me siento totalmente igual a ellos, mucho menores me parecen nuestras diferencias (y mucho mayores nuestros conflictos. ¡Tal vez se deba a nuestra cercanía!).

Madrid, diciembre 1998.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.